Fidiana observa atentamente el Monte Carmelo y anhela seguir el ascenso. Hasta este día, en las pasadas semanas, algo ha ocurrido en su interior. Su sentido del yo se ha vuelto difuso y confuso. El vaso que la contenía se ha roto en mil pedazos bajo la presión de las aguas del inconsciente colectivo. Quizá esto sea lo que San Juan llama la segunda noche. Lo sospecha, pero tiene que confirmarlo.
Azahara, mientras tanto, intenta centrarse en los estudios que la llevarán a ganar más dinero, a promocionar en su trabajo, pero los intereses de Fidiana la molestan, la estorban. Sabe que algún día su visión del mundo la ayudará, pero por el momento es sólo una piedra en el zapato. Anoche no pudo dormir porque Fidiana, como toda buena mística, andaba luchando contra sus propios demonios. Unos demonios particulares, venidos de muy lejos en el tiempo, pero muy presentes en nuestros días. Azahara se ha levantado agotada, incapaz de aprovechar el día para el estudio. Decide darle un ultimátum a Fidiana.
-Mira, niña. Sólo necesito un mes y medio. Un par de meses a lo sumo y luego estaré plenamente a tu servicio. O haces una pausa en todo lo que estás haciendo durante mes y medio o no te vuelvo a organizar los papeles y las cosas del mundo físico que tanto te cuestan. Tú eliges.
Fidiana, inmersa en ese estado donde la materia no es importante, nota la angustia de Azahara en su interior. La aprecia. Gracias a ella no anda pidiendo en la calle. Es la que se ocupa de las cosas prácticas, de tocar lo que su pureza no le permitiría tocar. Azahara le ha enseñado a Fidiana que su supuesta pureza no es más que una huida del mundo. Con su capacidad para utilizar los dones divinos para ganarse un puesto social, un lugar en el mundo físico, tener una buena casa, ocultar las cosas que no deben saberse por el bien de todos, Azahara ha convertido a Fidiana en una persona más humana, más proclive a dejarse permear por las cosas del mundo. En cierto modo, es la relación de Azahara con la vida la que ha provocado la ruptura del vaso que las contenía a todas, y el principio de una nueva forma de vida espiritual. Fidiana considera todas estas cosas y piensa, por otro lado, en sus amigas, en las habitantes de Córdoba cuyos escritos desea leer, en las experiencias que están compartiendo en una relación etérea pero muy tangible. Pero sabe que si Azahara no colabora, ella será incapaz de escribir nada, de abrir siquiera el ordenador. Azahara es la que tiene la sartén por el mango, como se suele decir. Y a menudo resulta ser mucho más sabia. Este pensamiento se cruza con la idea de Santa Teresa de Jesús de que Dios está entre los fogones y una sonrisa asoma a su rostro desvaído y taciturno.
-Bueno, qué- insiste Azahara.
-Vale, de acuerdo, lo haremos. Dejaré el blog hasta que salga el examen. Pero luego tienes que prometerme que me ayudarás a ponerme al día. Ya no puedo vivir sin mis nuevas amigas.
Azahara asiente y sale corriendo a buscar el libro, contenta de haberse quitado un obstáculo. No cree que Arenal se deje convencer tan fácilmente, pero lo intentará si llega el caso...
Fidiana mira su blog y las páginas que desearía leer y comentar de sus amigas. El Monte Carmelo la espera ahí delante. Está ya tan cerca... Un suspiro de resignación se escucha en toda la ciudad y busca una canción que exprese los sentimientos que la embargan, para regalarla a sus amigas.
Volveré.
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miércoles, 29 de septiembre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
Subida del Monte Carmelo X
Adonde me llevas, alma mía. Qué buscas que no te deja dormir por las noches. Qué es eso de lo que hablan los místicos. Dime por qué la luz brilla en tu interior, y después la noche se apodera de ti. Dime, alma, por qué no hablas pero te mueves en una dirección que me aterra, que me saca de lo conocido. Cómo pretendes que te siga. Cómo puedo confiar en ti si tantos problemas me has dado. Cómo esperas que te acompañe en un sendero que he transitado antes y que me llevó a lugares que me han destrozado en pedazos, que me han hundido en los lugares más inmundos de la raza humana, que han matado mi inocencia y acabado con mi esperanza.
Cómo esperas ese acto de fe, alma mía. No puedo hacerlo. Perdóname, pero tendrás que quedarte en casa, atada a la cama. No, no llores, mi cielo. No soporto oírte llorar. No puedo con esa mirada húmeda, con ese sueño imposible. Tú y yo sabemos que no se puede. Que lo que quieres no es de este mundo. Que es sólo el producto de tu imaginación. De las películas, de los libros que has leído donde una unión mística perdurable te espera al final del túnel. Ni siquiera hay túnel, cielo. Debes quedarte.
No, no forcejees, mi amor. Yo te quiero. Te ato porque te quiero. No me digas que me desprecias. No, no me mires como si fuera tu enemigo. Yo soy tú. Sólo intento protegerte de ti misma. Eres tonta, niña. Deja de llorar. No mojes las sábanas. Te las cambiaré. Te traeré un poco de agua.
No, no grites. Te oirán los vecinos.
No me mires así.
He tenido que amordazarte.
Me preocupas, cielo. ¿Por qué no comes? Te estás enfermando, y contigo mi salud se va por el desagüe. Ya casi no tengo fuerzas. No podré retenerte mucho más tiempo, mi cielo. Y qué será de ti cuando yo no esté. Saldrás en su busca, y sufrirás. No puedo soportarlo, no puedo verlo. Tus ojos, sonríen. No, no te desates. No te me acerques. Tengo miedo ¿Vas a vengarte de mí? Yo lo haría, lo entiendo. Todo lo que he hecho ha sido por nosotros, alma mía.
¿Por qué me coges en brazos con tanto cariño? ¿Por qué me besas en los labios? ¿Por qué me sigues queriendo? Oh, Dios, qué te he hecho... Ahora lo veo. Perdóname. Por favor, perdóname. No sabía...
Siento cómo la fuerza vuelve a mis miembros cansados. "Ven conmigo" me dice "nos están llamando". Y éste es el canto que mi alma susurra entre dientes mientras dejamos atrás la cárcel de mi vida:
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Subida del Monte Carmelo IX
¡Oh, dichosa ventura!, oh, dulce suerte, qué afortunada soy de haberme enamorado de algo que aún no alcanzo, porque tira de mí, me saca de lo conocido, me lanza al peligro del límite de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades, de lo que creíamos ser.
Y ahí, en ese momento de ceguera absoluta, movida sólo por el corazón, tengo la suerte de salir sin ser notada, sin que ninguna de mis defensas se coloquen en medio y me digan: ¿estás loca? ¿dónde vas? No están ni mi padre ni mi madre interna para decirme que éstas no son horas de salir.
No hay nadie, porque mi casa "está sosegada". Mi alma está tranquila porque ha llegado la noche. Está agotada de la búsqueda, y no es capaz de darse cuenta de que la verdadera búsqueda se ha iniciado ahora.
Ésta, la subida del Monte Carmelo, es la subida al monte de la abundancia. Es la abundancia a la que alcanza el ser después de haber trascendido sus propios límites. Pero para ello es necesario pasar por distintas etapas, y estas son las que describen las canciones.
¿Qué precede este momento? Hagamos un poco de historia imaginativa y volvamos después al presente. Imaginemos un monje que sigue todos los preceptos. Día tras día hace ayuno, penitencia, reza a Dios y siente la presencia divina en su corazón. Y de pronto, en medio de ese gozo, empieza a sentir que lo que tiene alrededor no le gusta, que los frutos de la tierra no tienen sabor. Como diría Lestat de Lioncourt, la comida ya no tiene sabor, el vino ya no tiene olor... Pierde la sensación de Dios. Pierde su presencia. Y se asusta. El confesor lo culpa. Algo habrás hecho para llegar a este estado, y el monje se siente pecador y en el infierno, cada vez más lejos de lo que quiere. Reanuda todos los ejercicios espirituales con mayor vigor, con mayor fuerza, y cada vez siente menos lo que sentía antes, hasta que el hastío, el aburrimiento, la oscuridad, hacen presa en su alma, y pierde todo sentido. Dios le ha abandonado, piensa, y su mundo se ha convertido en una noche terrible.
Volvamos al presente, e imaginemos una mujer que quiere buscar al hombre de su vida. Sale y conoce a un hombre, salen juntos, se aman, y llega un momento en que la cosa promete, pero él le dice que no quiere compromiso. Ella lo intenta otra vez, y una y otra vez algo trunca la relación, y aparece la noche oscura. Deja de salir. Se encierra en casa y se deprime. Si no tomara pastillas, el proceso continuaría hasta su propia conclusión, pero le dicen que tiene un problema de hormonas, y la mujer se siente inválida. Por qué tantas tienen amor y yo no, y se droga, y está cada vez más lejos de lo que anhela.
Es el mismo proceso, con otro nombre, con otro objeto de deseo. Y podemos contar la misma historia con cualquier sueño que la realidad se empeñe en alejar de nuestro corazón una y otra vez. Y esos sueños imposibles son los que te llevan a esa noche oscura. La primera, porque hay dos al menos, según nos cuenta el autor.
Y lo que tengo que aprender, lo que quiero entender, es cómo hice en su momento, cómo hacer para salir de la primera, cómo detectar la segunda, y cómo atravesarla para llegar a cumplir el mayor anhelo de nuestro corazón, que no es más que un espejo del anhelo más profundo de unión con lo más elevado, de cumplimiento, de alma.
Y ése es el camino que nos muestra esta primera canción, que se inicia justo donde acaba la psicología tradicional. Cuando la depresión terrible te atrapa, cuando tu casa está sosegada porque tu alma está agotada, y es entonces cuando el anhelo más profundo, inflamado en amores no correspondidos, sale de lo conocido sin ser notado. Nuestra función no es cortar o dirigir esa salida, sino no obstaculizarla, acompañarla en la peligrosa y terrible noche.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Subida del Monte Carmelo VIII
Memorias de exaltación de algo que me llama, que me empuja. Ese algo es el anhelo que Juan describe a continuación: "con ansias, en amores inflamada".
Peter Kingsley habla del anhelo, se pregunta qué es este anhelo que vuelve locos a los hombres, que los hace dejarlo todo por seguirlo. Muchos de los habitantes de Córdoba lo han sentido a su pesar, empujando, tirando, impulsando el carro de sus vidas.
Ese anhelo son las yeguas que nos impulsan hacia algo desconocido, excitante y peligroso. Un impulso del corazón que te lleva a los abismos más terribles y los lugares más excelsos, y te deja la sensación de estar dando vueltas, de no llegar a ninguna parte.
Que pelea con todo lo que creías querer o tener. En una oscura noche, en un momento en que todo lo que te rodea te parece oscuro y sin brillo porque el anhelo te lleva lejos, te impulsa a abandonar todo lo que tienes porque nada le parece valioso, excepto el objeto de su deseo.
Un anhelo que Juan identifica con la inflamación de amores. Y así ocurre a menudo. El amor a Dios, el amor a un hombre, a un sueño, a una ninfa... La oscura noche no sólo llega por buscar a Dios. Llega aunque el objeto de nuestro anhelo sea una pareja, un trabajo, un sueño cualquiera, siempre que sea inalcanzable.
Lo buscas, lo intentas cazar, y en esa búsqueda llega la noche y ya no te permite encontrarlo. No te deja ver el camino. Pero es en medio de esa noche cuando el anhelo se vuelve más intenso, más terrible, más acerado.
Y te saca de lo conocido, porque lo que buscas, ese objeto de tu amor, de tu deseo, está lejos, no está en lo conocido, está más allá de los límites de tus vagabundeos vitales.
domingo, 29 de agosto de 2010
Subida al Monte Carmelo VII
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
¿Cómo leer a De la Cruz? Ésa es la gran pregunta. Podemos acercarnos desde la filología, intentando entender el significado de los términos en su época, su cultura, su mundo.
Podemos acercarnos desde la filosofía e intentar entender los significados de los símbolos.
Podemos, también, acercarnos a su poesía desde el puro gozo estético, e interpretarlos y disfrutarlos.
Pero no es éste el método que vamos a utilizar aquí. En la ciudad de Córdoba, todos sus habitantes intentan comprender, con la ayuda del espíritu, qué dicen sus canciones.
También lo hizo Juan en su momento. Escribió sus poemas como parte de una inspiración mayor, y luego interpretó su significado desde sus conocimientos como monje católico, y desde su experiencia como místico.Ése es el camino que vamos a seguir. Yo voy a hacerlo, y espero de aquellos que quieran hacer este camino que hagan lo mismo.
Pensar qué nos dice, utilizando métodos de interpretación simbólicos, asociaciones libres, qué nos inspiran, a qué nos recuerdan, cada uno de los símbolos que aparecen. Qué sensaciones aparecen en nuestro cuerpo, con qué asociamos cada una de las imágenes. Dónde las hemos vivido y experimentado.
Mascar cada palabra en la boca. Por ejemplo, tomemos la primera frase, una noche oscura. ¿Qué asociaciones vienen a tu mente? Te contaré las que vienen a la nuestra. Memorias de momentos de soledad y de un profundo dolor en unas épocas de mi vida. Por otro lado el gozo de salir a la calle y caminar bajo la luna llena, sintiéndome el centro de todo, acompañada y arropada por la noche, en otros momentos de mi existencia.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Subida del Monte Carmelo VI
Cierra los ojos, sentada en tu silla, con las palmas de las manos hacia abajo, cómodamente apoyadas en tus piernas. La espalda recta. Respira suavemente y relaja tus músculos. Visualízate a ti misma ascendiendo por el sendero que se dirige al monte Carmelo. Estamos todas. Yo voy delante, con un farol tenue que sostengo entre mis manos. No puedes ver mi rostro, porque está tapado por la capucha del hábito de monje. Pero me conoces. Me has conocido siempre. Ahora pon la canción:
O vos omnes qui transitis per viam,
attendite et videte: si est dolor similis sicut dolor meus.
Attendite universi populi,
et videte dolorem meum:
si est dolor similis sicut dolor meus.
(Oh, todos vosotros que pasais por el camino prestad atención y mirad
si hay un dolor semejante a mi dolor.
Prestad atención, pueblos del Universo,
y mirad mi dolor, si hay un dolor semejante a mi dolor)(Lm. 1,12)
O vos omnes qui transitis per viam,
attendite et videte: si est dolor similis sicut dolor meus.
Attendite universi populi,
et videte dolorem meum:
si est dolor similis sicut dolor meus.
(Oh, todos vosotros que pasais por el camino prestad atención y mirad
si hay un dolor semejante a mi dolor.
Prestad atención, pueblos del Universo,
y mirad mi dolor, si hay un dolor semejante a mi dolor)(Lm. 1,12)
miércoles, 11 de agosto de 2010
Subida del Monte Carmelo V
La noche, esa noche oscura que se ha apoderado de esta ciudad, prende en cada uno de sus habitantes. Se siente sofocante y pegajosa, como una mancha de aceite. No es necesario leer a Juan de la Cruz para saber lo que le está pasando.
Noreña se juzga a sí misma muy duramente. Ve cómo otros y otras filósofas ascienden por la carrera universitaria con temas extraños que ella domina, pero que aún no ha puesto en palabras. Y sabe que no va a hacerlo por el momento. No le basta su voluntad. Su cuerpo tiene que colaborar, y no lo hace. Prefiere teclear sobre la noche oscura, entrar en un sendero de desnudez, alejarse de cualquier cosa comúnmente deseada. Pero Noreña lo hace sin comprender, aunque sepa, por qué es tan importante esto en lugar de otras cosas. Puede verbalizarlo, las palabras se le dan bien, pero no lo siente en su corazón. El corazón de Noreña es ambicioso, pero sus acciones no la acompañan. Se siente errática y dispersa y no la ayudan las palabras de Fidiana, quien susurra con voz suave que debe aceptar su naturaleza, que todo está bien, que éste es el camino que debe transitar, que no hay nada que pueda hacer excepto dejarse llevar. Pero Noreña, a veces, nota cómo las lágrimas se escapan de sus ojos ante la frustración. Tantas veces ha tocado el éxito social, estando en la vanguardia de temas que con el tiempo se han convertido en asuntos que dan dinero, prestigio, etc. Y una y otra vez su cuerpo dice no. Se retira y deja que otros que iniciaron el camino con ella continúen adelante. Y a menudo se siente encerrada, atada, amordazada en una vida oscura, la única que puede llevar a esa noche terrible, a esa desnudez del alma que está intentando alcanzar no sabe muy bien por qué. Es el peso de su alma que quiere bucear en aguas profundas y oscuras, terribles simas que se manifiestan como montes a los que ascender.
De cualquier modo, su vida nunca será fácil.
Noreña entiende perfectamente a los confesores de los que habla el santo Juan, esos confesores que en lugar de guiar a las almas por esa noche oscura, les dicen que vuelvan sobre sus pasos, que examinen su vida a ver qué han hecho mal, que las lían y las confunden y las hacen sentirse todavía peor por haber acabado donde lo han hecho. Los entiende porque ella se hace eso a sí misma a menudo.
Noreña se juzga a sí misma muy duramente. Ve cómo otros y otras filósofas ascienden por la carrera universitaria con temas extraños que ella domina, pero que aún no ha puesto en palabras. Y sabe que no va a hacerlo por el momento. No le basta su voluntad. Su cuerpo tiene que colaborar, y no lo hace. Prefiere teclear sobre la noche oscura, entrar en un sendero de desnudez, alejarse de cualquier cosa comúnmente deseada. Pero Noreña lo hace sin comprender, aunque sepa, por qué es tan importante esto en lugar de otras cosas. Puede verbalizarlo, las palabras se le dan bien, pero no lo siente en su corazón. El corazón de Noreña es ambicioso, pero sus acciones no la acompañan. Se siente errática y dispersa y no la ayudan las palabras de Fidiana, quien susurra con voz suave que debe aceptar su naturaleza, que todo está bien, que éste es el camino que debe transitar, que no hay nada que pueda hacer excepto dejarse llevar. Pero Noreña, a veces, nota cómo las lágrimas se escapan de sus ojos ante la frustración. Tantas veces ha tocado el éxito social, estando en la vanguardia de temas que con el tiempo se han convertido en asuntos que dan dinero, prestigio, etc. Y una y otra vez su cuerpo dice no. Se retira y deja que otros que iniciaron el camino con ella continúen adelante. Y a menudo se siente encerrada, atada, amordazada en una vida oscura, la única que puede llevar a esa noche terrible, a esa desnudez del alma que está intentando alcanzar no sabe muy bien por qué. Es el peso de su alma que quiere bucear en aguas profundas y oscuras, terribles simas que se manifiestan como montes a los que ascender.
De cualquier modo, su vida nunca será fácil.
Noreña entiende perfectamente a los confesores de los que habla el santo Juan, esos confesores que en lugar de guiar a las almas por esa noche oscura, les dicen que vuelvan sobre sus pasos, que examinen su vida a ver qué han hecho mal, que las lían y las confunden y las hacen sentirse todavía peor por haber acabado donde lo han hecho. Los entiende porque ella se hace eso a sí misma a menudo.
Pero con el tiempo esas voces de culpa, de condena, se han ido aminorando, y aunque a veces grite, se resista e intente por todos los medios seguir un camino razonable, las más de las veces se deja llevar y se pone en manos de Lo que Hay, de Lo que Es. Como ahora, escribiendo este texto. Otras voces en su interior han aprendido a hacer lo que dice Juan, aún antes de leerlo. Han aprendido a apoyarla en esos momentos difíciles. A decirle que todo está bien, que lo único que puede hacer es aceptar esta oscuridad y esperar, porque nada de lo que haga la sacará de ahí, hasta que dios quiera, hasta que llegue el momento, hasta que sea su hora. Antes bien, cualquier intento de arreglarlo por medios propios puede, en realidad, empeorar el asunto.
Y del mismo modo que entonces los confesores acusaban a la persona que pasaba por este infierno de haber acabado ahí por sus pecados, hoy las personas que te quieren te miran con reproche e intentan arreglarte la vida diciéndote lo que has hecho mal, como si hubieras tenido opción. Los profesionales de la salud te reprochan no tener voluntad para salir de donde estás, te imponen horarios y actividades y te dan drogas, retrasando el proceso. Y mientras tanto, la oscuridad se hace más densa y terrible, más seca, te impide respirar, te deja muerto en vida, y cada reproche es como un cuchillo clavado en el corazón, los que te hacen los demás y los que tú te haces.
Y eso, piensa Fidiana, que aún no hemos terminado de leer el prólogo. Veremos qué pasa cuando empecemos con las canciones.
Y eso, piensa Fidiana, que aún no hemos terminado de leer el prólogo. Veremos qué pasa cuando empecemos con las canciones.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Subida del Monte Carmelo IV
Con el permiso de los visitantes, los seres que habitan Córdoba hablarán, mientras dure la ascensión, con una sola voz. Tu voz.
Juan afirma que Dios nos lleva de la mano, y que en realidad su libro es sólo una guía para no oponernos al río divino que nos empuja hacia la unión. Esto significa que todo lo que nos ocurre, de alguna manera, tiene un sentido que proviene de lo más excelso de nosotros, de lo más elevado de la vida.

Por qué algunas personas tienen que soportar esa senda oscura y seca que describe Juan es, para mí, un completo misterio. Decía William James que, referente a la fe, existían dos tipos de personas. Las nacidas una vez, que eran amigas del pensamiento positivo y sostenían una fe gozosa y alegre en la que todos sus deseos se cumplirían tarde o temprano, eran inocentes y luminosas.
Las otras, las nacidas dos veces, no pueden sostenerse por esa inocencia hermosa y primera. Conocen la muerte, conocen la oscuridad, y pasan agonías sin cuento. Leon Tolstoi fue una de estas personas, y en sus confesiones narra una terrible historia sobre su estado de pérdida de sentido. Su confrontación con la futilidad de la existencia. Para los nacidos una vez, aquellos que tienen que nacer dos veces son absolutamente incomprensibles. Los culpan de sus desgracias porque no pueden entender cómo en un universo ordenado y armónico pueden sufrir tanto. Algo habrán hecho, piensan esas personas sensibles y aparentemente justas. Juan y Teresa tuvieron que soportar confesores que los culpaban por estar sufriendo en aquella sequedad del alma. Personas con una fe gozosa que no entendían por qué sentían ese dolor tan profundo en el alma, esa falta de sentido en medio de una fe tremenda. Los dos místicos españoles fueron duramente criticados y perseguidos, a Teresa le quitaban sus escritos por no corresponder con la doctrina de la Iglesia. Juan fue encarcelado externamente cuando su alma se debatía en este oscuro pozo de agonía, y sus intentos de reforma encontraron una oposición feroz.
Pero logró escapar.
Logró deslizarse de su cárcel con la ayuda de unas sábanas atadas, y este libro habla de esa huida. Porque no sólo huyó de la cárcel física, sino también de la cárcel del alma, de las dudas acerca de si sería culpable, del terrible dolor de pensar que la oscuridad era más fuerte que su fe, de aquellos que le decían que se equivocaba, que aprovechaban su debilidad para gritarle a la cara que había errado el camino, que no era Dios sino el demonio quien hablaba por él, que se estaba alejando del paraíso.
Logró deslizarse de su cárcel con la ayuda de unas sábanas atadas, y este libro habla de esa huida. Porque no sólo huyó de la cárcel física, sino también de la cárcel del alma, de las dudas acerca de si sería culpable, del terrible dolor de pensar que la oscuridad era más fuerte que su fe, de aquellos que le decían que se equivocaba, que aprovechaban su debilidad para gritarle a la cara que había errado el camino, que no era Dios sino el demonio quien hablaba por él, que se estaba alejando del paraíso.
Pero Juan sabía que no tenía elección. Sabía que había hecho todo lo que estaba en su mano para acercarse a Dios y que a pesar de todo, había llegado a esa oscuridad interna, a esa sequedad del alma donde parecía naufragar, y realizó el acto de fe más duro. Aceptar que eso era lo que Dios le había entregado, y que por tanto no debía rechazarlo. Y ese acto de aceptación fue el principio de algo que sólo ahora empezamos a comprender. De este modo, la noche que era su enemiga, se convirtió en su aliada.
En su época, muchos pensaban que si uno sufría, era castigo de Dios. Algo habría hecho. Y juzgaban duramente a las víctimas. No hemos cambiado nada. Aún se oyen voces que afirman que nuestras enfermedades son por nuestra culpa, por no estar equilibrados. Que nuestras desgracias las hemos atraído nosotros por no pensar positivamente. Que somos culpables de no poder levantarnos por no tener voluntad. Que nuestra vida está desecha porque queremos.
Y se atreven a mirarnos por encima del hombro, y a juzgarnos. Como si alguien que no haya mirado a la muerte cara a cara, que no haya intentado curarse por todos los medios, que no se haya horrorizado de lo que es capaz de hacer, que no sea capaz de percibir a los demonios que campan fuera de los lugares seguros, tuviera la más remota idea de la vida que nos ha tocado vivir, pudiera comprender que hemos llegado hasta donde hemos podido y que nadie, siendo lo que somos, podría haberlo hecho mejor.
Juan lo entiende, lo sabe, lo ha vivido. Y viene a decirnos que ésa, también, es la mano de la divinidad que nos guía. Que ése es el camino que nos ha tocado, y que de nada sirve negarse a caminar. No hay otro lugar donde ir. No podemos dejar de ser. No podemos ser otros.
Pero hay un sentido, y si aprendemos a seguir el camino, por muy duro que sea, lo encontraremos.
martes, 27 de julio de 2010
Subida al Monte Carmelo III
Cuando Juan, el monje carmelita, empezó a escribir la Subida al Monte Carmelo, sabía que no podía fiarse ni de la ciencia humana ni de la experiencia. Si él no podía, Fidiana puede menos aún. Ella no es una monja, ni siquiera se considera católica. Sólo es una mujer que ha experimentado estados que la llevan más allá de sí misma, hacia lugares que apenas puede describir. Y cada vez que lee un párrafo de la Subida siente que le habla a ella, que lo han escrito para ella sola. Algo en su interior se estremece. Son muchos los trabajos por los que las almas tienen que pasar, trabajos oscuros y terribles, para llegar a la dichosa unión, dice Juan, y Fidiana no sabe, al igual que muchas de su compañeras, si será capaz de seguirlos hasta el final, pero no está en su mano saber hasta dónde podrá llegar antes de intentarlo. Mejor que el límite lo pongan sus posibilidades y no sus miedos.
Fidiana escribe:
La Subida fue escrita por un monje para ayudar a otros monjes. Monjes que vivían en la pobreza, la castidad y la obediencia. Que no tenían trabajo ni hijos ni colegio al que llevarlos, que no tenían muchas cosas en sus manos. Que, aparentemente, estaban más cerca del dios al que amaban. Pero ellos no tenían lo que nosotros tenemos ahora. La experiencia de todas las personas que han hecho este camino. Esa experiencia está en nuestras células, podemos sentirla en la piel. Por eso incluso personas como algunas de este grupo, que jamás han leído nada sobre esto, pueden empezar a olerse que esto no va a ser fácil, y que posiblemente sea más oscuro de lo que puedan soportar. Pero la experiencia de los que nos precedieron nos facilita el camino, aunque cada uno tenga que hacer el suyo.
Del mismo modo que Juan se encomendó a Dios para que dijera en su nombre lo que él no fuera capaz de decir, Fidiana se encomienda a la Diosa y utiliza los dones que el dios Thot le entregara en préstamo. Se encomienda a las divinidades que pueblan su vida y la han traído hasta aquí, a los seres que la empujan hacia sí misma. Sería bueno que hicieras lo mismo. Ya sea tu yo superior, los dioses en los que crees o los ideales que sostienes, son una fuente de fuerza extraordinaria que vas a necesitar durante el viaje.
No importa la forma, ni el nombre de nuestros dioses. No importan sus preceptos. Ni siquiera que confiemos en cosas materiales o sutiles como la belleza o el dinero que guardamos en el banco. Todos ellos, aunque todavía no lo sepamos, nos impulsan hacia nosotros mismos a través de las mareas de la vida. Todos somos expresiones divinas.
La ciudad de Córdoba, que inicialmente sólo tenía 12 habitantes, doce mujeres que habitaban en un mismo cuerpo, ahora está llena de vida. Después de que Fidiana abriera una puerta a la unidad, empezó a llenarse de inmigrantes. De hombres y mujeres que entraban y salían por sus puertas. Algunos ya tienen aquí una segunda residencia. Los nombres de esas personas están en los comentarios, y todos ellos han llegado hasta aquí por sus propias razones. Fidiana escribe para las habitantes iniciales de Córdoba, pero ya no son su primer objetivo. También lo hace para los nuevos habitantes, que ya empiezan a ser parte del paisaje. Escribe porque sabe lo difícil que es hacer este camino en la completa oscuridad, llegar a lo más lejos que se puede en la vida con los datos que nos han dado, con las herramientas que tenemos, y luego... qué. Aparece la noche oscura, el sinsentido, las tinieblas que amenazan con tragársenos. Fidiana sabe, porque ella lo intentó muchas veces, que la respuesta natural es huir de la oscuridad, salir en dirección contraria, alejarse como alma que lleva el diablo. Pero tarde o temprano la oscuridad te encuentra. Y cuando lo hace sólo hay un camino. Entrar de lleno en ella y afrontar lo que te espera. De eso trata este camino, esta ascensión. De ir allí directamente. De no esperar sentados a que nos atrape. De buscar aquello que más tememos y afrontarlo. Y Fidiana espera, con la ayuda de la Diosa, poder acercarse, una vez más, esta vez en compañía. Ya empieza a sentir los efectos, una melancolía pegajosa ha empezado a apoderarse de ella. Una sensación oscura de sequedad y falta de ternura. Pero sabe que es lo que tiene que hacer, y simplemente lo hace.
viernes, 23 de julio de 2010
Subida del Monte Carmelo II
Existe algo que nos impulsa -escribe Fidiana-. Podemos llamarlo Conciencia, Inteligencia, llamarlo por el nombre de un dios o una diosa, con mayúscula o sin ella. Ese impulso nos empuja, nos zarandea, nos mueve de un lugar a otro sin darnos tregua, sin dejarnos descansar ni un momento. Nunca parece suficiente. Sólo se detiene cuando consigue llevarnos a nuestro destino: un espíritu desnudo y vacío capaz de unirse a lo más alto, lo más elevado que habita en el interior del mundo que conocemos. San Juan sabía que lo más importante de esta unión no puede ser comprendida, que sólo la poesía podía expresarla de la forma más apropiada. Por eso inicia su ascenso con este poema, oscuro y profundo, del viaje del espíritu desnudo en busca de su divino Amado. San Juan sabía que aunque pusiera todos sus esfuerzos en explicarlo, siempre habría cosas que sólo la poesía podía expresar.
Imprímelo y colócalo en un lugar visible, porque será tu guía durante este camino. Será como mirar la foto del Amado durante un largo viaje, a la espera del regreso.
1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
4. Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
6. En mi pecho florido,
que entero para el solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedeme y olvideme,
el rostro recline sobre el Amado,
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
domingo, 18 de julio de 2010
Subida al Monte Carmelo I
Para Fidiana, la nueva vida que lleva le supone una terrible agonía. Su alma anhela las alturas de la unidad después de haber regresado. Albaida le propone un trato. Juntas escribirán un análisis de la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Una obra olvidada porque el místico que la escribió era católico, y los que añoran ahora formas de evolución más elevadas beben en escritos orientales. "Pero San Juan -escribe Albaida, siguiendo las ideas de Fidiana- no era sólo un católico seguidor de una fe aprendida. Era un hombre que se atrevió a caminar por el sendero de la nada, un lugar donde todo lo que creemos saber se ha perdido para encontrarnos con lo absolutamente imprevisto."
Y así, con este espíritu, y sabiendo que el resto de mujeres de Córdoba también colaborarán con su sabiduría, comienzan una tarea que será larga, pero alimentará el hambre de totalidad que no las deja vivir.
La Subida al Monte Carmelo es un tratado de San Juan de la Cruz. Resulta árido y difícil. No tiene la facilidad arrolladora de su poesía espiritual, que te eleva nada más tocarla, con una potencia surgida de una verdad más profunda que cualquier razón. En este tratado intenta, después de haber ido hasta los lugares más excelsos del Ser, volver al espacio compartido con el resto de los seres humanos para ser capaz de explicar cuál es el camino. Este libro no es un tratado de filosofía, aunque la tenga, ni de teología, aunque Dios esté presente en cada palabra. Este libro es un mapa, y así lo demuestran los dibujos que hizo el autor sobre el ascenso, mapas del camino. El texto y las instrucciones de uno de estos dibujos está transcrito en el inicio de algunas de las ediciones de este libro, no en todas. Se trata de un mapa formado por tres senderos con advertencias a cada lado y una orla que rodea a una frase de Jeremías. Un mapa de un camino que no se sigue en este mundo físico, sino en el espiritual. Resulta fácil, cuando hablamos del mundo espiritual, imaginarse el cielo, el infierno y el purgatorio, lugares todos ellos a los que sólo se puede llegar después de muertos. Pero San Juan no habla de eso. Ese mundo está aquí, a nuestro alrededor, está vinculado a nuestras emociones, a nuestras imágenes internas, a nuestra imaginación activa. Nuestra vida física es el espacio donde se plasma nuestra existencia espiritual. Aquí, ahora, todo es real, y lo más real son las cosas que sentimos, que imaginamos, que pensamos. Todo forma parte de nuestra realidad. Pero también lo son las cosas que nos pasan, y las personas que nos rodean. Por eso todo formará parte de la enseñanza de este camino. La subida al Monte Carmelo es un viaje interior de toda persona que ponga sus pies en el camino del desarrollo humano. Ese viaje es distinto para cada uno, pero las etapas que seguimos son increíblemente similares. Por eso, aunque algunos consideran que la Filosofía Perenne es un mito, este escrito es un ejemplo de que no lo es. Porque cuando una persona que está preparada para el camino encuentra la puerta, no puede menos que atravesarla y recorrerlo. No hay otra manera. Hay muchas puertas, y lo que te traigo hoy es una puerta que voy a recorrer mientras escribo estas líneas. Una puerta que me llevará de vuelta a lugares que ya he visitado antes, a través de otros caminos, cabalísticos, mágicos, alquímicos, pero que seguramente me mostrará espacios que no conocía, y aspectos de mí misma que no estaban antes, o que permanecían ocultos. Esta es mi propuesta. Puedes quedarte, leer, y ser transformada o transformado. O puedes irte, cerrar este blog, y alejarte de un camino que no te llevará a ninguna religión, a ninguna organización. Un camino que te llevará lejos de todo lo que has pensado sobre ti y sobre el mundo que habitas para encontrarte con lo que tú eres, con lo que tú siempre has sido, con el terrible y desconocido dios de dentro, el tuyo. Piénsatelo.
jueves, 10 de junio de 2010
Paraíso
Existe un tipo de misticismo que no está asociado a ninguna religión, a ningún credo, a ningún marco de pensamiento. Los que lo tienen vienen con esa mirada perdida, con ese aspecto frágil de estar en algún otro lugar, de no ver las mismas cosas que el resto de los mortales. Tímidos y encogidos en sí mismos, a veces aparecen con una mirada triste por la pérdida o la añoranza de algo que no recuerdan haber tenido nunca, pero sin lo que no pueden apenas respirar. Así era Fidiana, y esa añoranza amenazaba a veces cualquier empresa que pudiera hacer en esta tierra. Cada nuevo comienzo, después de un impulso primario, se deshacía entre sus manos como un trozo de polvo y nada. Algunas veces lloraba, desesperada, pidiendo despertar de esta pesadilla de separación, de este sueño inacabable que termina en nada. Gritaba y rezaba a cualquier dios que se le pusiera por delante. Y a fuerza de llamar a puertas que no existían, un día encontró una que se abría. Y entró. Toda Córdoba quedó en silencio durante ese acto. Todas los comercios se cerraron. Las gentes se marcharon a casa. El mundo entero pendiente del hilo que Fidiana había abierto. Una puerta a un lugar desconocido, donde habitan los dioses.Albaida, consciente de la importancia del evento, sin hacer ruido, se deslizó sigilosamente hasta la puerta, que había quedado abierta tras la mística figura. Durante un momento dudó. Las tinieblas amenazaban con tragarse a quien entrara, pero el ruido de unos fuertes pasos la decidieron. Cuando Arenal llegó, encontró una pluma en la puerta. La recogió con toda la reverencia de una maga entrenada en el ritual y se postró, pronunciando las palabras de alabanza a lo que la esperaba en su interior. Sentada ahora, dejó que la potencia del vacío que la esperaba penetrara en ella y se convirtió en un canal de llamada para el resto de mujeres de la ciudad. Reina siguió el resplandor la estrella que repentinamente brilló sobre la puerta, dejando abandonado su astrolabio en un complicado cálculo. Una a una, todas ellas fueron bendecidas por Arenal y se precipitaron en el vacío a través de la puerta. La única que no atravesó la puerta fue Rosa. Ella siempre había estado dentro. La última fue Viñuela, que llegó corriendo con unas gotas de rocío recogido en primavera, necesarias para lo que se avecinaba. Cuando la vio llegar, sudando por la carrera y el calor del horno en el que se pasaba las noches trabajando, Arenal se levantó y se inclinó ante Viñuela, dejando que fuera la alquimista quien la bendijera. Se miraron a los ojos y entraron, cogidas de la mano. La puerta desapareció tras ellas, y con ella la ciudad entera, tragada como una brizna de hierba.
Silencio.Imagen tomada de: http://www.ua.es/secretaria.gral/va/memoria/1998_99/x_1_1_10.htm
Por Francisco de Asis Giménez Rocamora
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