Perséfone salió una mañana. Era la hija de Démeter, la diosa de la tierra, la de la fecundidad y la creación. Perséfone, su hija, estaba destinada, cómo no, a heredar esa fertilidad y ese lugar entre todas las diosas de la creación que han sido, una tras otra. Pero ella no era como las demás. Aquella diosa joven y adolescente no deseaba continuar en el mismo lugar estático. Así que salió a buscar un Narciso, la flor por la que podría mirarse en el espejo de sí misma y descubrir quién era, fuera de ese ciclo incesante de crecimiento y maternidad. Ese espacio de paraíso donde la naturaleza era benévola y siempre fértil. Se buscaba a sí misma en esa salida, la joven Perséfone.
No sabía qué encontraría pero no podía seguir pegada a las faldas de su madre. No podía volver a ser Démeter, no quería ser María, no quería convertirse en la virgen madre siempre atenta a las necesidades del conjunto. Perséfone quería ser única. Y buscó al narciso, aunque sabía que contemplarse en ese espejo era peligroso. El propio Narciso se había quedado encantado en su propio reflejo. Si era tan hermosa que no podía apartar la mirada, moriría de inanición. Pero no le importaba. Asumió el riesgo y decidió buscarse. Y allí, en medio del campo, un dios la oyó. La escuchó llamándose a sí misma, y su voz lo cautivó como ninguna otra. La siguió bajo tierra, con todo el fuego de su naturaleza apasionada, y la persiguió bajo la sombra de los árboles, junto a los arroyos, siempre siguiendo la corriente que sus pies presurosos iban dejando sobre la tierra. No intervino en esa búsqueda. No hasta que la joven se miró en los ojos del narciso. Entonces la pasión del dios pudo más que él y se elevó en su carro desde el centro de la tierra. Se plantó ante ella. La historia clásica afirma que Perséfone lo siguió en contra de su voluntad, que el dios se elevó y la agarró con fuerza, llevándosela de nuevo bajo tierra. Pero no fue del todo así. El dios era hermoso y potente. Era tan poderoso que sólo tenía que mirar a una mujer para que cayera bajo su influjo. Pero Perséfone no era una mujer. Era una diosa. Y cuando lo vio emerger del suelo lo miró desafiante. Él no se interpondría en su camino.-¿Qué estás buscando? -preguntó Hades mientras la miraba por vez primera a los ojos.
Perséfone volvió su mirada hacia el Narciso, y no respondió. Quién era él para interponerse en su camino.
-Ahí no vas a encontrar lo que buscas.
Ella lo miró, sorprendida. Las hojas del narciso se marchitaron ante sus ojos como si nunca hubieran compartido un instante de vida.
-El narciso sólo te mostrará la belleza efímera, el lugar donde los ojos de los mortales se posan, el influjo de Afrodita que todo lo separa y lo confunde. Dime, Nestis, profunda diosa de aguas oscuras. ¿No deseas conocer el fuego secreto que arde para siempre?
Podría contarte lo que pasó a continuación, cómo Hades la arrastró hacia el inframundo y le ofreció lo que ella anhelaba. Podría contarte todo lo que esto significa. Pero no puedo continuar. Ya he hablado demasiado. Si quieres conocer el final de esta historia, tendrás que hacer lo que yo te diga. Cierra los ojos. Siente tu dolor, siente tu más profundo deseo, y deja que ese anhelo te guíe ante ella. La Reina de los Muertos te lo explicará todo. No es un largo viaje. Ya estás allí. Cierra los ojos físicos para abrir los ojos de la Conciencia Eterna. Aunque estés muerta.

