jueves, 11 de noviembre de 2010

El Puzle

Azahara pasa cada día, cada momento en que no está trabajando o hablando con su familia, estudiando. Cada página que pasa del temario, cada momento que pasa, está lleno de subrayados, conceptos y relaciones entre ellos. Luego hace tests, y se encuentra dudando entre varias opciones. Intentando aplicar respuestas que se parecen cuando sólo hay una correcta.

Por las noches, el temario crece. Páginas que había estudiado cambian su contenido. Algunas crecen a cada rato, y cuando vuelve a sentarse a su mesa hay cosas, temas que ya había estudiado, que tienen largas páginas en blanco, donde nunca ha posado su vista.

Azahara no se desanima. Sabe que no es un temario fácil de domar. A veces lo ve como un puzle inmenso, infinito en realidad. Ha conseguido, a estas alturas, separar las piezas en montoncitos. Las piezas de los bordes del puzle están en su mente en un montón de conocimientos. Las piezas de cada tema se encuentras por colores, el cielo, la hierba, la parte que debe corresponder al vestido. Pero aún no sabe dónde va cada pieza, y cada vez que rellena un test se encuentra mentalmente rellenando cada hueco con varias piezas que podrían ir ahí, pero que podrían no ir.
Necesita más tiempo, sabe que no podrá completar el puzle, pero intentará tener la mayor parte para la fecha del examen.
Mientras tanto en toda Córdoba se escucha música medieval. Rosa la observa atentamente e intenta no interferir, demasiado, en el camino de su pupila. Extraña, práctica, pedestre y celestial Azahara.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Fidiana observa atentamente el Monte Carmelo y anhela seguir el ascenso. Hasta este día, en las pasadas semanas, algo ha ocurrido en su interior. Su sentido del yo se ha vuelto difuso y confuso. El vaso que la contenía se ha roto en mil pedazos bajo la presión de las aguas del inconsciente colectivo. Quizá esto sea lo que San Juan llama la segunda noche. Lo sospecha, pero tiene que confirmarlo.

Azahara, mientras tanto, intenta centrarse en los estudios que la llevarán a ganar más dinero, a promocionar en su trabajo, pero los intereses de Fidiana la molestan, la estorban. Sabe que algún día su visión del mundo la ayudará, pero por el momento es sólo una piedra en el zapato. Anoche no pudo dormir porque Fidiana, como toda buena mística, andaba luchando contra sus propios demonios. Unos demonios particulares, venidos de muy lejos en el tiempo, pero muy presentes en nuestros días. Azahara se ha levantado agotada, incapaz de aprovechar el día para el estudio. Decide darle un ultimátum a Fidiana.


-Mira, niña. Sólo necesito un mes y medio. Un par de meses a lo sumo y luego estaré plenamente a tu servicio. O haces una pausa en todo lo que estás haciendo durante mes y medio o no te vuelvo a organizar los papeles y las cosas del mundo físico que tanto te cuestan. Tú eliges.

Fidiana, inmersa en ese estado donde la materia no es importante, nota la angustia de Azahara en su interior. La aprecia. Gracias a ella no anda pidiendo en la calle. Es la que se ocupa de las cosas prácticas, de tocar lo que su pureza no le permitiría tocar. Azahara le ha enseñado a Fidiana que su supuesta pureza no es más que una huida del mundo. Con su capacidad para utilizar los dones divinos para ganarse un puesto social, un lugar en el mundo físico, tener una buena casa, ocultar las cosas que no deben saberse por el bien de todos, Azahara ha convertido a Fidiana en una persona más humana, más proclive a dejarse permear por las cosas del mundo. En cierto modo, es la relación de Azahara con la vida la que ha provocado la ruptura del vaso que las contenía a todas, y el principio de una nueva forma de vida espiritual. Fidiana considera todas estas cosas y piensa, por otro lado, en sus amigas, en las habitantes de Córdoba cuyos escritos desea leer, en las experiencias que están compartiendo en una relación etérea pero muy tangible. Pero sabe que si Azahara no colabora, ella será incapaz de escribir nada, de abrir siquiera el ordenador. Azahara es la que tiene la sartén por el mango, como se suele decir. Y a menudo resulta ser mucho más sabia. Este pensamiento se cruza con la idea de Santa Teresa de Jesús de que Dios está entre los fogones y una sonrisa asoma a su rostro desvaído y taciturno.

-Bueno, qué- insiste Azahara.
-Vale, de acuerdo, lo haremos. Dejaré el blog hasta que salga el examen. Pero luego tienes que prometerme que me ayudarás a ponerme al día. Ya no puedo vivir sin mis nuevas amigas.
Azahara asiente y sale corriendo a buscar el libro, contenta de haberse quitado un obstáculo. No cree que Arenal se deje convencer tan fácilmente, pero lo intentará si llega el caso...
Fidiana mira su blog y las páginas que desearía leer y comentar de sus amigas. El Monte Carmelo la espera ahí delante. Está ya tan cerca... Un suspiro de resignación se escucha en toda la ciudad y busca una canción que exprese los sentimientos que la embargan, para regalarla a sus amigas.




Volveré.